Ariel Aqueveque Marín

todo en pocas palabras / Instagram: @arielaqueveque

Colmillo

537339_10151382993497236_424158795_nMundo cruel, primero la prueba y después la lección.

De niño, a eso de los 5 o 7 años tenía un colmillo en lugar de paleta, sí, tal como el bebé maligno de los Simpsons, pero nadie se preocupó mucho en mi familia, porque al menos era un “diente de leche”, solo había que esperar. Para mí obviamente era un gran problema, más aún en la infancia, cuando un año es una eternidad y uno recién está descubriendo que tan crueles pueden ser las otras personas. Mi vida escolar en esa etapa se trataba básicamente de no hablar, así que me dediqué a dibujar, pintar, escribir o cualquier otro pasatiempo que pudiera hacer solo, era naturalmente malo para todas esas cosas, mis aptitudes eran quizás más deportivas, pero ya tenía sobrenombre sin siquiera participar en nada, sería mucho peor si me unía a un grupo o equipo. Solo tenía que esperar, sentadito en un rincón, que el maldito diente se cayera y dejaría de ser ”Arielatas” (por “abrelatas).

Tenía comics de un oscuro Iron Man, otros de la segunda guerra mundial y unos de fútbol “Barrabases”, pero luego descubrí los juguetes armables Tente y comencé a dedicarles horas y horas, en mi casa todos felices porque era un niño tranquilo y solo había que dejarme ahí, podían salir, quedarse, pasar y yo seguiría ahí, armando y desarmando con una bolsa de piezas que cada mes era más grande.

Hasta que un día… el diente de leche cayó y lo guardé. Que al fin cayera fue una gran victoria para mí, solo me esperaban días mejores, tendría muchos amigos y jugaría fútbol.

Pero como todos sabemos, la vida es tramposa, irónica y cruel, mis dientes definitivos eran perfectos, excepto por uno de los incisivos centrales que creció en  exactos 90 grados de rotación, esto empujaba mi labio superior y me dejaba una perfecta cara de mono que yo enmarcaba con mis ahora grandes cejas negras.

donde-vive-el-mono-arana¿En serio? Se acabó el colmillo y ahora esto, mis padres se preocuparon esta vez y tuve frenillos,  de los asquerosos, de los que hacen que uno hable extraño, con una voz más baja y no pueda modular bien (presentación tipo:“Goga amigos goy Agiel”).

Ahora, unos me llamaban cara de mono y los más estudiosos se esforzaron y me llamaban Neanderthal que en realidad era más preciso y por lo tanto, más hiriente.

Llegaba a mi casa y miraba el colmillo, con él, al menos pensaba “calladito más bonito”, ahora el nuevo diente era evidente, aún si me quedaba callado. Ya no servía de nada esperar, ahora tenía que asumir.

Aunque pasé mucho tiempo frente al espejo viendo cómo podía disimularlo y desde cierto ángulo con cierta luz, lo lograba, la verdad es que el 99,9% del tiempo si parecía mono.

Y bueno, como efecto colateral, ya no odiaba tanto a mi colmillo.

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Esta entrada fue publicada el octubre 25, 2016 por en Sin categoría.
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