Ariel Aqueveque Marín

todo en pocas palabras / Instagram: @arielaqueveque

Adiós capitán

Jugamos fútbol juntos desde que yo tenía 15 años y teníamos una admiración mútua dentro y fuera de la cancha, recuerdo que casi todos los pases eran para mí, su hermano o su sobrino Oscar (quién siempre quiso hacer un gol de chilena), me acuerdo de su técnica, las paredes, los pases entre líneas, el control de la pelota para bajarla, con la rodillas, el pie, el pecho, ¡la cabeza!. Jugamos por todo Santiago, en todos los tipos de cancha, desde Las Condes hasta la población más peligrosa que puedan imaginar, incluso una vez un arbitro tuvo que salir corriendo antes de que terminara el partido.
Fuera de la cancha siempre un caballero, un gran tipo, educado, sobrio y serio, hasta que se le ocurría alguna broma, pero a decir verdad, muy a lo lejos, su máximo escape aparte del fútbol era la música, le gustaba cantar, aunque nunca lo escuché. Lo conocí como jugador, y me quedaré con eso, con la forma de pegarle a la pelota, entre empeine y borde externo, no sabías si era zurdo o diestro, en cualquier momento salía un tiro, un centro o un pase gol.
Su finiquito imposible, incomprensible hasta ahora para mí, era un tiro muy suave, cruzado y sin ángulo, con la punta del zapato; cuantos goles lo vi hacer de la misma manera y en la vida eso era su forma de aconsejar, sutil y efectivo, me enseñó cosas muy precisas, me enseño de valentía con su 1,60 cuando lo fracturó un troglodita de 1,95 tratando de quitarle la pelota, me enseñó a creer en mí mismo, me enseñó lo importante de amar lo que uno hace y me enseñó la importancia de ser culto, ahora con su partida me deja una enseñanza nueva, sin saberlo, sin siquiera sospechar, hoy murió de cáncer al pulmón, ni tan joven ni tan viejo, uno de mis primeros maestros. El cigarro, el puto cigarro. Me quedaré con la vista del cielo que debe tener él, una cancha de fútbol, verde, verde infinita, el sol iluminándolo todo, corriendo contra el viento en un pase eterno que viene por el cielo, pasando veinte centímetros por sobre las cabezas de los defensas.
Adió viejo amigo Marcelo, nos vemos allá.

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Esta entrada fue publicada el julio 22, 2015 por en Sin categoría.
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